Antítesis

Como hipnotizado o como las ratas seguían al flautista, caminé animado por el sonido de las olas, dejándome llevar en mi recuerdo, retrocediendo en el tiempo, esperanzado que pudiera hacerlo realmente.

Unos metros más adelante, ante mí, se desplegó el mar. Embravecido aún por la tormenta acaecida hacía unas horas, me parecía más real según mi mirada se iba perdiendo en el horizonte. Tuve que cerrar los ojos por un instante para aspirar el aroma salado que tanto añoraba.

La mayor parte de mi vida había transcurrido cerca del mar. Mis vivencias estaban enlazadas con él y había marcado buena parte de mis experiencias.

Podía amarlo tanto como odiarlo. El mar me había dado tanto… y me había quitado tanto…

Me dió el amor, el primer e indivisible único amor. Fue testigo de como entregué mi alma a la persona que más quería. Generoso de los mejores momentos, los paseos por la orilla, los poemas al azar en el ocaso, las conversaciones profundas, los castillos de arena…

Cruel castigador de todo lo que la corriente se llevó. Se llevó su alma, eliminó los paseos por la orilla, calló los poemas, silenció las conversaciones, derrumbó castillos convirtiendo mi existencia en una cárcel de oro, ansiada pero sin sentido.

Allí tampoco encontraría la oportunidad, pero debía continuar y decidí perdonar al mar, aunque no pude evitar que de mis ojos cayera una fina lluvia de amargura. “Tanto me das como me quitas”.

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